Suerte que nunca me fui


Cuando hablo conmigo mismo tengo
que hablar aún no teniendo nada
que decirme, aún no sabiendo si quiero
hablar conmigo mismo, aún así me digo,
con la imagen del ahora desamparada y
en paralelo a lo que los demás llaman
utilidad en cuanto a lo que un
-cualquiera-
cumple y en cuanto a donde un
-cualquiera-
podría llegar. Dónde llegar es una cuestión
íntima que luego así, y sólo así, hace
caravana hacia afuera, donde siempre
cuando hablo conmigo mismo me digo
que, de ocurrir algo, lo que ocurre
son palabras, y éstas
-ojalá me digo siempre que hablo
conmigo mismo-
sean del tamaño no sé si justo
no sé necesario pero sí con e
tamaño semejante a las circunstancias
y creencias de uno
-cualquiera.
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