De eso no se habla


 

“D´Andrea, ¿cómo le va? Pensar que algunos ya lo hacían finado”, le dice un parroquiano a Marcelo Mastroianni en un momento de la película De eso no se habla, de María Luisa Bemberg, basada en un cuento de Julio Llinás. En esa película Mastroianni se enamora de una enana y “No estoy seguro de ser vivo”, le responde Mastroianni (Ludovico D´Andrea) al parroquiano cuando dio por cierto que la enana -medio fea y enculada siempre- es la mujer que más amó en toda su dilatada vida, o la que hubiese querido que fuese pero en otro cuerpo. Pero Mastroianni responde “No estoy seguro de ser vivo”. En ésa respuesta al parroquiano no había ni locura ni parodia ni ironía, sino una declaración de principios, un micro tratado sobre las posibilidades de vivir. Porque suene grotesco no quiere decir que no va en serio. Porque va en serio no quiere decir que nos va a aburrir. Aunque a veces sucedan las dos cosas a la vez, una vez lo sentido no basta para explicarnos ciertos mecanismos tan menospreciados por todo ese invento que se llamó (y se llama) “cultura popular”. Las reducidas versiones de la verdad que toda la madeja de “lo político” diagrama como sentido tapan el bosque, pero no lo destruyen.

 

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