Introspección compartida 1


(Primer impulso escrito después de abordar el flujo de la entereza de saber de la sabiduría hiperbórea y la non fiction –real- Belicena Vilca)

     Se desplaza de arriba hacia debajo con igual constancia. Una vez que más o menos determinó su lugar, el inestable suceso comienza a lo que con el tiempo se dará en llamar como “el testimonio interno”. Así parecería ser que sucede con la devoción inefable de, como quien dice, “tener fe”. La gran mayoría de nosotros vive todos los días como los vive más o menos cualquiera, en general, y dice no sólo tener fe, sino también ser creyente de esa fe. Sin embargo (o mientras tanto), vivir no es una cuestión de buena o mala suerte en cuanto a lo que, como se dice, cada uno vive en función de ése suceso que se desplaza en algunos y en otros como lo más ajeno decae en ciertos cientos, sin significantes ni troqueles de angustia, gracias a innumerables métodos que se aplican para que uno –cualquiera- “deje de sufrir” (al menos). Es por eso que negociando esto como una especie de posibilidad, más de uno creyó haber encontrado la información más precisa sobre el testimonio, más allá de toda comprensión de parte alguna, y siempre apelando a que la fe tiene sus razones de interacción con y sobre nosotros. Es como si el mecanismo estuviera siempre más que aceitado en cuanto al desarrollo y posibilidades en cuanto al objetivo. El objetivo es uno solo y es  la perfecta excusa del mecanismo. Uno ve cualquier cosa en cualquiera, y en cualquiera se ve uno. Ésa es la premisa para el pánico. La ciencia, los científicos, los políticos, los religiosos y religiosas de cualquier orden occidental que el horizonte les deje ver lo rentable del asunto, los protocolos, la publicidad, los juegos que nos simulan para que demos por real la ficción sin ningún atisbo artístico, sino como “algo que puede pasarle a cualquiera”, la metamorfosis del soy por el tengo, el control de las palabras, siones y las acciones que cubren lo que está cubierto por una intrincada maraña de situaciones, acontecimientos, testimonios, éxodos, mentiras deliberadamente obscenas a veces, o delicadamente argumentadas; manipulaciones de todo tipo (de todo tipo), pauperización de saber y del saber a través de la reducción del significado como valor real de las palabras y el doble juego del simulacro de creer que otros nos pueden decir cómo y qué pensar, sentir, conocer, aceptar, saber, odiar y amar. Pero hay una fisura.

    La celebración de saber que eso que se llama “yo” no puede ser licuado, no puede ser neutralizado, no puede ser cualquier escrito virtual que uno –cualquiera- escribe y que uno o cualquier otro puede borrar a su antojo y así reescribir sobre uno. La noción de palimpsesto suena estupenda dentro del idilio fingido de la “nueva era” en torno al “yo”; pero en los momentos más cotidianos y triviales de todos los que vivimos, hoy por hoy, en el planeta Tierra, entregamos nuestro “yo” a una conducta que sistemáticamente, como las máquinas y las personas se confundieron desde la Revolución Industrial, así nos quieren a todos: confusos consumidos creyentes de (llámeselo así) una de las más letales y poderosas ideas humanas para que, disfrazado o travestido de cualquier actitud que pudiera retroalimentar a su monstruo, la idea del dinero sustente y sustentase a un grupo de personas que unidas por el secreto que confieren las religiones, por ejemplo, den por cierto que todos nosotros necesitamos lo que ellos suponen que nosotros necesitamos, pudiendo ser esto último, el orden material y/o el orden espiritual de un grupo. Pero cuando, al fin y sin forzarlo, se hace sentido en uno y no como creencia sino como sapiencia, como una voluntad que se desparrama en el cuerpo y que trasmuta, trasciende, se hace saber a pesar y más allá de la primitiva ignorancia de aquel que, al fin, hace comunión con un real valor que expurga todo lo que adrede sabemos se nos intenta y se nos intentó explicar de algún modo como el significado de “verdad”. Todo lo que nos fue, nos va, nos irá, les irá lamentablemente reduciendo lo refulgentemente esencial que sabemos tenemos todos: lo que nos viene siendo legado a través de los cuerpos, a través de los tiempos todo lo que nos “arde” adentro. Algunos lo llaman fe, otros lo llaman creencia. Pero demasiado abuso sobre el lenguaje nos impidió, nos impide, en el idioma que sea o fuese, hacer legible lo que en realidad ya sabemos pero que, apelando a una frase hecha, no sabemos, no queremos, no le damos importancia a su sonar. O no nos dejan.

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