Marcia



Quisiera ser más concreto e irresoluto al redactar aquí mis sucederes diarios. Digo “mis” pero no estoy del todo seguro que estos sucederes sean del todo míos. Es decir, quisiera ser como una de esas vitrinas que hay en los negocios donde sólo los bordes que las delimitan con el espacio físico son de madera, de plástico o de metal; y el resto un vidrio transparente y pulcro, sin brillo, a través del cual pueden verse y apreciarse -y hasta valorarse- los objetos exhibidos sin la necesidad de, al menos, explicar qué cosa son, para qué se utilizan, o para qué sirven.

Entre las 16 y las 17 horas del viernes 27 de enero, arriba del colectivo 143 rojo, de norte a centro de la ciudad de Rosario, sentado en la última fila doble de asientos, estaba yo del lado de la ventanilla escuchando Love is blind, de Pulp, cuando sube y se sienta a mi lado una señora que, apenas se sienta, me mira de una forma que sólo puedo llamar como “samaritana”. Vestía una especie de camisola azul oscuro, sus cabellos eran muy negros, lacios y quizás demasiado largos para el verano y la soltura de esa cabellera. Yo seguía con mi mp3 cuando de refilón veo que movía sus labios pero ya no me miraba. Hablaba al aire como quien dice. Quité la música de mis oídos y el sonido del motor del colectivo apareció de golpe. Ella ya no hablaba, pero sentía que sus ojos, a pesar de estar dirigiendo su mirada hacia adelante, me buscaban de alguna manera. Algún tibio miedo sentí de repente y decidí bajarme del 143. Sufro de pánico. En el momento de pedirle permiso para salir de mi asiento y dirigirme a la puerta trasera del edificio, sin mirarme, dijo (o me dijo): “Me llamo Marcia y hay acontecimientos en todo lo que llamamos amor. Apresurarse en develarlos es signo de nuestro tiempo”. Fue entonces cuando la miré directamente a sus ojos pero ella no lo hizo hacia mí. Sólo entornó sus labios hacia arriba, como emitiendo una pequeña sonrisa. Me bajé del colectivo y lo último que vi fue que la tal Marcia se había rápidamente sentado donde yo estaba hacía unos segundos y había abierto la ventanilla de par en par. Ahí me miró mientras el colectivo se alejaba y sus labios -creí entender yo- dijeron “apresurarse”. Aún ahora, mientras redacto intentando ser vitrina, una especie de brisa gélida me recorre la espalda de la nuca hacia abajo y vuelve a subir y vuelve a bajar al recordar el movimiento último de sus labios.
Lo que ahora me pregunto es por qué sentí y siento esta forma de miedo si, pienso, todos los que vivimos en ciudades más o menos grandes estamos acostumbrados a que personas enajenadas o, simplemente, locas en algún momento no dirijan palabras y acciones que quizás aleatoriamente nos suceden sin la menor impiortancia sobre sus consecuencias. Hace 10 años más o menos, en plena peatonal Córdoba, un señor de más o menos 60 años, que vestía un traje gris, me detuvo en seco, me dijo “extranjero” y siguió su camino.

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