El leoncito


Como un leoncito se puede ver la vehemencia emotiva que está ahí donde ves al leoncito que en tu vida hará, de verlo y no de mirarlo como quienquiera que se moja con lluvia digamos, el vehemente leoncito será el guardián de lo propio tuyo y hasta del mismo leoncito que se puede ver ahí, donde quieras que estés y seas podría sucederte y uno es feliz hasta la vergüenza. Feliz como un niño. Los niños  siempre son mencionados en tercera persona, como si no fueran los niños somos nosotros mismos y cada uno de nosotros mismos, cuando niños éramos y no lo sabíamos -y no nos importaba- sino unos otros, unos otros seres que viven en otra región que casi parece en algunos nunca haber estado. El filibusterismo emocional es un problema.

Danza


Escucho y transcribo: Tus manos con las mías realizan mi danza guerrera mientras tus ojos reúnen el poder para que el deseo se mantenga, se haga una corriente vibración donde así, con el viento acechando siempre, el sendero de cada propia e íntima intención sea una última batalla de acción donde sólo sea atraído para sí quien trascienda, al menos, más allá del portal de la cocina.

Suerte que nunca me fui


Cuando hablo conmigo mismo tengo
que hablar aún no teniendo nada
que decirme, aún no sabiendo si quiero
hablar conmigo mismo, aún así me digo,
con la imagen del ahora desamparada y
en paralelo a lo que los demás llaman
utilidad en cuanto a lo que un
-cualquiera-
cumple y en cuanto a donde un
-cualquiera-
podría llegar. Dónde llegar es una cuestión
íntima que luego así, y sólo así, hace
caravana hacia afuera, donde siempre
cuando hablo conmigo mismo me digo
que, de ocurrir algo, lo que ocurre
son palabras, y éstas
-ojalá me digo siempre que hablo
conmigo mismo-
sean del tamaño no sé si justo
no sé necesario pero sí con e
tamaño semejante a las circunstancias
y creencias de uno
-cualquiera.