No dimensionamos


“Cuando se pierde todo, el volver a empezar modifica la percepción de uno con y en el mundo”, dicen por ahí como una certeza que tan frase largada por bocas y bocas terminó por perder fuerza. La percepción viene en correlato con aquello que no se sabe exactamente qué, cuál y cómo es la función precisa pero lo llaman “inconsciente”. Entonces, sólo después, se comprende que es posible no sólo morir y morirse, sino perderse uno y dejar que lo pierdan. No dimensionamos esa libertad.

Hacerlo


Hacerlo y ganarse el mérito de haber superpuesto la firmeza de una convicción con el sentido de sólo estar. Otro día solo estando arrepentirse y deshacerlo, como quien no quiere la cosa. No es frecuente no poder resistirse cuando la convicción de hacer proviene de un calor entre la nuca y la mollera. Nadie asume que siente de ese modo bajo las circunstancias dadas después de haber perdido. Perder es barroco.

La medida sensible


Cuándo fue que la angustia comenzó a infiltrarse en el devenir de las creencias cotidianas con exactitud no se sabe. O no lo sé más bien, pero aún así, sobre esta cuestión se especula mucho y se experimenta aún más. La neuroquímica, la farmacología y la industria de prevenir, aliviar o mejorar la caracterización de la pena y el ahogo por, digamos, acumular experiencias para trocar conocimiento por hastío aparecen hoy por hoy como “la medida sensible”, única y personal aunque implosiva, la cual confunde las diferencias vitales y produce una explosión de sin sentido que ni siquiera metaboliza en ficción. La ficción es una palabra abusada. Las drogas sintéticas del mercado negro son, hoy por hoy (parece), una posibilidad de reposo para el dolor en todas sus acepciones, en todas sus posibilidades de representación y certezas, generando así cierta tendencia al abandono personal y colectivo del propio cuerpo y el ajeno, como si se tratara de un salirse de sí para embargarse entero en un éxtasis que lo suspendería todo con cierto misticismo nunca contemplado como ritual, sino como pura búsqueda vacía. Esto podría estar sucediendo con lo que se admira enteramente en la ruta de lo que existe para vivir digamos, con la palabra bienestar hecha carne, como si la voluntad fuese un pasaje encharcado pero no preocupante, como una cosa que está sola sin admitirlo, sin plenario que la evalúe, sin carcelarios extorsionadores de milagros, sin trampas en el agujero, sin olvidos ignorantes, sin sobrellevar ninguna decepción.